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Published on April 1st, 2016 | by admin

Theresa Kachindamoto, la exterminadora de matrimonios entre niños.

Cada son más los estudios que atribuyen a la super-población del planeta gran parte de los problemas ambientales. El hecho de que en algunos países las mujeres comiencen desde muy jóvenes a tener descendencia, no ayudan a contener un crecimiento qe conviene a piezas claves del sistema global.

Hace trece años, Teresa Kachindamoto no podría haber concebido tener que abandonar su trabajo como secretaria en una Universidad de la ciudad de Zomba tras 27 años en él.

Ella no tenía ningún deseo de regresar a su casa, en la bahía del mono, un impresionante conjunto de montañas en Dedza alrededor del lago Malawi. A pesar de que lleva la sangre de los jefes – las figuras tradicionales de Malawi con autoridad – corriendo por sus venas, la menor de una familia de 12 hermanos, una mujer y una madre de cinco hijos, Kachindamoto nunca esperó convertirse en una jefa de alto nivel para más de 100.000 personas.

Sin embargo recibió una llamada, en la que le decían que había sido elegida para ser la próximo jefa mayor.

La razón, que era “buena con la gente”.
Terminando con los matrimonios precoces

Se sorprendió al ver a niñas de tan sólo 12 con bebés y a maridos adolescentes.

“Les dije: ‘Os guste o no, quiero que estos matrimonios se acaben.'”

Un estudio de las Naciones Unidas de 2012 encontró que más de la mitad de las niñas de Malawi se casan antes de cumplir los 18 años, siendo el país número 8 en el ranking de 20 países con las más altas tasas de matrimonios de niños del mundo.

El año pasado, el parlamento de Malawi aprobó una ley que prohíbe el matrimonio antes de la edad de 18. Sin embargo, en el derecho consuetudinario de las autoridades tradicionales, y la constitución, los niños de Malawi todavía pueden casarse con el consentimiento de los padres.

En el índice de desarrollo humano, Malawi está considerado como uno de los lugares más pobres del mundo. El matrimonio precoz es más frecuente en las zonas rurales, donde los padres están ansiosos por conseguir que sus hijos salgan de la casa cuanto antes para aliviar la carga financiera que supone un hijo más.

Emilida Misomali es parte de un grupo de madres en el pueblo de Chimoya, en el distrito de Dedza. Advierte a los padres sobre los inconvenientes  del matrimonio precoz y el de los embarazos a temprana edad, pero dice que sus consejos caen en saco roto.

“La mayoría de ellos dicen ‘Es mejor que ella se case. No podemos permitirnos mantenerla … ella nos hará más pobres’,” dice a Misomali.

No importa la razón que se les explique, como sanidad, educación o bienestar social, Misolmali dice que “los padres persistentes” no dejarán de regalar a sus hijas.

“Vemos una gran cantidad de complicaciones, como los partos por cesárea ya que sus cuerpos son demasiado pequeños para dar a luz.”

La iniciación sexual

En esta área Jefes y policía pueden hacer poco, pues la reacción de la comunidad es exagerada contra cualquier intervención.

Hay tradiciones que incluyen el envío de las niñas para contraer matrimonio a campos de iniciación sexual.

Según los informes, en la iniciación sexual en estos campos, a las niñas se les enseña cómo complacer a los hombres mediante bailes y actos sexuales. Algunas solo mantienen relaciones con el Maestro. Otras vuelven a casa intactas, y serán aprovechadas  por una “hiena” local – hombres contratados por los padres para terminar con la virginidad de sus hijas.

En el país una de cada 10 personas está infectada con el VIH, por lo que estos ritos, que rara vez incluyen protección, pueden condenar a las niñas a una muerte temprana.

De acuerdo con Kachindamoto, la OMS ha prohibido este tipo de rituales de limpieza, donde se han llegado a encontrar niñas de tan sólo siete años.

“Le dije a los jefes que de mí dependen que esto debe terminar, o no trabajarán más conmigo” dice Kachindamoto.

El deporte como terapia

María Waya, una antigua víctima de abuso infantil convertida en estrella de baloncesto femenino internacional y ahora entrenador del equipo nacional de Malawi, al que se conoce por “Las reinas”, dice que una mayor concienciación sobre el VIH y sus riesgos, están haciendo mella en estas tradiciones.

Aún así, “en el pueblo, algunos de los jefes aún apoyan este tipo de ritos”, declara. También existe la creencia local de que los enfermos pueden curarse por tener relaciones sexuales con vírgenes.

Una de cada cinco niñas de Malawi es víctima de violencia sexual, al igual que uno de cada siete niños, según el Fondo de la ONU para la Infancia, UNICEF. Un estudio reveló que la mayoría de los abusadores son personas de confianza, como tíos, padrastros o incluso padres.

“Estas son las personas que se supone que deben dar protección a los jóvene” Nankali Maksud, responsable de la protección infantil de UNICEF.

Algunas tradiciones promueven el abuso sexual dentro de la familia. Si la tía de una niña o una hermana mayor cae enferma, la niña puede ser enviada a ocuparse de la casa, y en algunos casos se espera que tenga relaciones sexuales con su tío o hermanastro, de acuerdo con una organización que trabaja en la zona, que pidió permanecer en el anonimato ya que a las autoridades de Malawi no les gusta que este tipo de tradiciones salgan a la luz.

A diferencia de la mayoría de las víctimas que abandonan la escuela, Waya encontró en la práctica del deporte cierta ayuda para superar su trauma de la niñez. Ahora ayuda a otras víctimas de abuso sexual a nivel nacional a través de su Academia María Waya baloncesto femenino.

Ella enseña a las niñas a ver sus cuerpos como algo más que meros objetos para el placer de los demás. “Se olvidaron de que su cuerpo era precioso”, dice Waya.

Cambiar la ley

Muchos padres no quieren oír las súplicas de Kachindamoto para mantener a sus niñas en la escuela, o sus garantías de que una chica educada les traería un mayor fortuna.

La respuesta común fue que ella no tenía derecho a revocar la tradición.

Al darse cuenta de que no podía cambiar la mentalidad establecida por la tradición, Kachindamoto decidió cambiar la ley.

Consiguió que 50 subjefes firmaran un acuerdo para abolir el matrimonio precoz en el derecho consuetudinario, y anular cualquier matrimonio entre niños existente en su área de autoridad.

Cuando tuvo conocimiento de que aún se estaban produciendo algunos de estos matrimonios, despidió a cuatro subjefes  responsables de estas áreas. Volvieron meses más tarde para decirle que todos los matrimonios se habían deshecho. Verificada la inexistencia de éstos, contrató a los jefes de nuevo.

Luego reunió a miembros de la comunidad, el clero, los comités locales y las organizaciones benéficas  para aprobar una ordenanza que prohibe el matrimonio precoz en el marco del derecho civil.

“En primer lugar, era difícil, pero ahora la gente lo está entendiendo”, dice Kachindamoto.

Las dificultades a las que se enfrentó incluyen amenazas de muerte. Pero Kachindamoto simplemente las ignoró.

“No me importa, no me importa. Estas chicas van a volver a la escuela”, dice ella.

Durante los últimos tres años, Kachindamoto ha roto más de 850 matrimonios, y se envía a todos los niños que participan de nuevo a la escuela.

Kachindamoto dice que a veces subvencionan y en ocasiones encuentra patrocinadores para pagar los costes de la escolarización de las niñas cuyos padres no pueden permitirse el lujo de pagar las cuotas escolares.

A través de una red de “madres y padres secretos secretos” en los pueblos, Kachindamoto comprueba que los padres no están sacando a las niñas de las escuela.

“Traté de llamar a algunas chicas de la ciudad por lo que podrían ser modelos de referencia para ellas,para que vinieran a dar charlas sobre sus trabajos actuales”, dice.

El año pasado, vinieron mujeres parlamentarias de Malawi a las escuelas rurales. A las niñas de la comunidad de repente se interesaron en aprender inglés – la lengua hablada en el parlamento.

Kachindamoto ahora está pidiendo al Parlamento aumentar la edad mínima para el matrimonio de 18 a 21, en un esfuerzo para romper el ciclo de la pobreza rural, que en los últimos años, ha aumentado por las inundaciones y las sequías.

“Si se les educan, pueden ser lo que quieran”, dice ella.

Guste o no, no hay vuelta atrás, dice Kachindamoto, con una risa. “Seré Jefe hasta que muera.”

Visto en Al Jazeera


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